Amantes

¿Amantes? ¡Los de antes!
Si lo analizamos, veremos que todos los grandes amantes fueron narcisistas

 

Hoy Narciso no encontraría dónde reflejarse ¡Ni siquiera en un rostro de mujer!
Había una vez una Ninfa llamada Liriope. Preciosa, ella. Impoluta. No permitía que nadie la tocara; se sentía sucia hasta cuando la miraban con alguna insistencia. Para quitarse de encima la mugre de tantos ojos libidinosos, se bañaba varias veces por día. Una tarde lo hizo en el río de la comarca. Ignoraba que en sus aguas merodeaba el dios fluvial Cefiso, bastante lúbrico por cierto. Cefiso la violó sin que ella se diera cuenta. Una lástima, pero en fin. El caso es que Liriope salió de la inmersión tan empapada como preñada. Cosas de la vida.

A los nueve meses nació Narciso. Era tan pero tan lindo que Liriope se asustó. Fue a consultar al divino y adivino Tiresias, que le dijo: "Narciso vivirá hasta la madurez con tal de que nunca se conozca a sí mismo." Esta era una manera de polemizar con Sócrates anticipadamente, pero eso no viene al caso. El asunto es que Narciso, cada vez más bello, fue creciendo y creciendo y huyendo y huyendo de quienes se enamoraban de él. La más entusiasta de sus fans era la ninfa Eco. Acosado por la ululante histérica, el adolescente corrió a través de la campiña hasta que cayó exhausto a orillas de un arroyo.
Cuando quiso calmar su sed, vio su reflejo en las aguas. Y se enamoró perdidamente de su propia imagen. Primero creyó que era ajena, luego se reconoció en ella. ¡Ay! "¿Cómo podría soportar el hecho de poseer y no poseer al mismo tiempo? La aflicción lo destruía, pero se regocijaba en su tormento, pues por lo menos sabía que su otro yo le sería siempre fiel, cualquier cosa que sucediese." Esta es la conclusión del inagotable Robert Graves, de cuyas míticas certezas es intelectualmente dudoso dudar.

Si lo analizamos bien, comprobaremos que los grandes amantes de la historia y la literatura fueron narcisistas. Narcisistas son las virtudes que Marañón otorga a Don Juan. Romeo se veía a sí mismo en Julieta. Paolo se arriesgaba en Francesca. Y así, hasta el infinito en la infinita galería de espejos. ¿Amantes? Los de antes. Los que se reflejaban en las amadas y reflejaban a las amadas en sí mismos, sin avergonzarse de que su virilidad tuviera matices de feminidad exquisita.
Los hombres de hoy no tienen tiempo para quererse ni un poquito, el ritmo de la aldea global los enferma de stress, de apuros, de incertidumbres. Las nuevas e incesantes conquistas de la mujer en ámbitos antes reservados al varón afectan a todo el sexo masculino en lo que hace a la autoestima, la seguridad, el poder de decisión. No faltan condiciones ambientales que atentan contra la potencia sexual. La contaminación ha afectado la tierra, el aire… y el agua. Hoy Narciso no encontraría dónde reflejarse. ¡Ni siquiera en un rostro de mujer!
¿Entonces? Pues que las bellas no pidan proezas a los feos. El tiempo de los héroes ha pasado, vivimos en el de las heroínas. Que sean ellas las invictas, las protagonistas de la historia en el tercer milenio.


Eduardo Gudiño Kieffer
Revista Viva, diario Clarín, Buenos Aires

 

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